Juana Azurduy

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La Historia con mayúsculas –la de las revoluciones y las guerras que cambian el rumbo de los pueblos– se inscribe en esa trama formada de historias cotidianas de miles de seres anónimos que, las más de las veces, no han participado en el fragor de ningún campo de batalla.

De los y las que sí participaron, sin duda, hay quienes están imbuidos de un aura irresistible por el arrojo con el que defendieron un ideal de justicia. Tal es el caso de Juana Azurduy, la heroína sin par que signó el proceso independentista en América latina y que marcó a fuego la historia de las mujeres.

Nació el 8 de marzo –una adelantada, podría intuirse, si se considera la significación que tendría esa fecha años después para las mujeres de todo el mundo– de 1780 en Chuquisaca (Bolivia). Su madre, mestiza, le enseñó a hablar en quechua, luego aprendería el aymara de los indios con los que trabajará en el campo. Su padre, un criollo de posición acomodada, fue el que le transmitió los rudimentos necesarios para convertirse en una jineta imbatible.

En Chuquisaca conoce al que será su compañero en la cama y en las armas: Manuel Ascencio Padilla, uno de los guerrilleros más destacados en la lucha por la independencia del Alto Perú. Con él tendrá dos hijos y dos hijas que morirán de disentería en 1813 mientras Juana huye con ellos de las tropas reales. Al año siguiente de esa brutal pérdida queda nuevamente embarazada y vuelve junto a su marido al combate. Su quinta hija, Luisa, nace en medio de una batalla junto al Río Grande.

Luego del parto, mientras intentaba escapar con la beba recién nacida, fue emboscada por un grupo de suboficiales españoles a los que les hizo frente y salió ilesa junto a su pequeña. Este tipo de actos son los que convirtieron a Juana Azurduy en una especie de ser mítico para muchos de sus contemporáneos, que la asociaban con una especie de deidad relacionada con la Pachamama (Madre Tierra).

Sus heroicas hazañas y una vida signada por el profundo dolor que provoca la pérdida de los seres amados –al poco tiempo del nacimiento de su hija Luisa, los realistas matan a Manuel Padilla y exhiben su cabeza clavada en una pica durante meses en una plaza pública– ubican a Juana Azurduy en un particular linaje de mujeres rebeldes.

“Es la expresión del protagonismo político y militar de cientos de mujeres del Alto Perú en la lucha anticolonialista. Ella recoge la bandera de la decidida participación de Micaela Bastidas, compañera de Túpac Amaru, y de Bartolina Sisa, compañera de Túpac Katari”, recalca Graciela Tejero Coni, historiadora del Museo de la Mujer de Argentina.

“La participación de Juana Azurduy rebela el carácter de rebelión popular de nuestra lucha por la independencia, sumando los componentes clave para una verdadera y definitiva liberación en América: mujeres e indias.”

Tanto Micaela Bastidas como Bartolina Sisa estuvieron al frente, junto a sus maridos, de las rebeliones indígenas de fines del siglo XVIII en el Alto Perú. Ambas fueron sentenciadas a muerte por los españoles –en 1781 y 1782– junto a sus familias.

Juana armó su ejército de Amazonas entre 1811 y 1826, con mayoría de mujeres mestizas e indias, cuyos intereses económico-sociales también estuvieron postergados por la política realista.

“Juana ha sido casi completamente reabsorbida por la historia oficial de la lucha por la independencia, que no tiene ningún pudor en utilizarla”, sentencia María Galindo, del colectivo anarco-feminista Mujeres Creando, con base de operaciones en La Paz, Bolivia.

“Hoy Juana es una figura de relleno, despojada de su propia dimensión histórica y de sus visiones. Es recordada, pero de la manera más simplificada. La lucha anticolonial ha quedado como un proceso unitario y unificado por Bolívar, cuando en realidad fue un proceso variopinto y con diferentes tesis ideológicas que la historia oficial que parte del proceso bolivariano invisibiliza, anula y minimiza.”

Luego de la muerte de su marido Juana Azurduy se unió a Martín de Güemes en la frontera del norte argentino, donde combatió junto al caudillo hasta que fue asesinado, en 1821. Juana entró en una profunda depresión. En 1825 solicitó auxilio económico al gobierno argentino para retornar a Chuquisaca, ciudad en la que murió un 25 de mayo, a los 82 años, en la mayor pobreza.

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