Micaela Bastidas

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Micaela Bastidas Puyukawa nació Tamburco, Abancay, en 1745.

Es posible que su padre, Manuel Bastidas, fuera negro o mulato, y que su madre, Josefa Puyukawa, descendiera de los kurakas de las serranías limeñas. En cualquier caso, Micaela supo leer y escribir, algo que entre las mujeres del siglo XVIII era poco frecuente, incluso entre las cortesanas europeas.

Contaba sólo 15 años cuando contrajo matrimonio con José Gabriel Thupa Amaru. La ceremonia tuvo lugar en la Iglesia de Nuestra Señora de la Purificación, en el curacazgo de Surimani.

Un año después de casarse, en 1751, tuvo a Hipólito, al año siguiente a Mariano, y en 1768 a Fernando.

José Gabriel solía llamarla Mica o Micaco en la intimidad, mientras que ella cariñosamente lo llamaba Chepe, diminutivo de Joseph.

Siendo muy joven, José Gabriel estudió en el Colegio de los Jesuitas del Cuzco. Más tarde tuvo relación con los círculos intelectuales limeños, donde forjó su propósito rebelde. Por ello Micaela diría más tarde que “en Lima le abrieron los ojos”.

José Gabriel aprovechaba el negocio de transporte que realizaba a lo largo de los Andes, pactando adhesiones para su causa. Se rodeó de un círculo de intelectuales ilustrados, que contribuyeron a fundamentar sus peticiones legales.

Conforme aumentaba el descontento por nuevos impuestos y alcabalas, José Gabriel ganaba en popularidad. Ambos organizaron grandes encuentros que sirvieron de marco para la representación del drama Ollantay; y en cierta ocasión, despacharon a su primogénito al Cuzco luciendo las insignias como sucesor a la corona.

En el altiplano aymara, contaban con la alianza de Tomás Katari, que levantó a los mitas de Potosí, exigiendo que se cumpliera la jornada de doce horas. Cuando Katari murió asesinado tras vencer en los tribunales de la Real Audiencia de La Plata, Micaela vio demostrado que era imposible prolongar el régimen opresivo.

La rebelión estalló con la ejecución del Corregidor de Tinta, Antonio Arriaga, el día de San Carlos de 1780. Micaela dirigía entonces una red de espías que la mantenía informada de los movimientos de los “chapetones”, al mismo tiempo que gestionaba la logística del movimiento, decidiendo sobre armas y municiones.

Los ejércitos del Rey quisieron atacar por la retaguardia la marcha de José Gabriel. Pero Micaela despachó un contingente de mujeres al mando de la warmi-kuaraka de Akos-Pomakanchis, Maria Titu Condemayta, que heroicamente contuvo a las tropas reales en el puente de Pilpinto.

No sería ésta la única intervención decisiva de Micaela, que tras la victoria de Sangarara frente a un ejército bien armado de 1.200 hombres, aconsejó con vehemencia el asalto al Cuzco, que se encontraba desguarnecido según le comunicaron los chasquis a caballo que recorrían los Andes, dentro de un sistema de controles para los que hacía falta portar los pasaportes que ella misma firmaba.

Los historiadores contemporáneos coinciden en que si José Gabriel hubiera seguido los consejos de su mujer, otro hubiese sido el destino de América. Pero Thupa Amaru prefirió proseguir hacia el sur reclutando hombres, lo que permitió a las fuerzas reales recibir en la Ciudad Sagrada los refuerzos provenientes de Lima.

Después del infructuoso sitio al Cuzco, tanto José Gabriel como Micaela caerían vendidos por sendos traidores, y con ellos sus hijos Hipólito y Fernando.

Micaela tuvo que asistir a la ejecución de su primogénito Hipólito, a quien le cortaron la lengua antes de colgarlo en el largo cadalso de color verde que el Visitador Areche ordenó levantar en la Plaza de Armas del Cuzco.

También vio morir a Tomasa Titu Kondemayta con la pena del garrote; y a sus principales colaboradores.

Ella no permitió que le cortaran la lengua, como ordenó la sentencia que dictó el Visitador Areche. Una vez que terminaron de darle vueltas al garrote que el emisario de Carlos III llevó consigo desde Cádiz, ella seguía con vida, pues tenía el cuello inusualmente fino. De allí que los soldados reales la golpearan con las culatas de los rifles y con los puños, para finalmente ahorcarla con unas cuerdas.

José Gabriel Thupa Amaru resistió la fuerza de los caballos, luego de que le cortaran la lengua. Finalmente fue decapitado y desmembrado; y las cabezas y los miembros de ambos cónyuges se distribuyeron entre los pueblos que les prestaron mayor devoción: Tinta, Surimani, Tungasuca, Pampamarca.

Matriarcado y patriarcado en los Andes

Desde tiempos inmemoriales, en las regiones andinas, las mujeres tuvieron un destacado papel en el manejo del gobierno, y en particular, en la administración de los bienes. En la costa existieron las gobernantes que fueron llamadas “capullanas”, y en los Andes, “warmi kurakas”.

En la concepción incaica del sacrificio, éste no se produce para complacer a los dioses o conjurar el demonio, como sucede en otras tradiciones; sino para beneficiar a los seres humanos, a las generaciones futuras. Mientras que el “pensamiento único” pretende convencernos de que el hombre y la mujer son iguales; el pensamiento incaico parte de la evidencia irrefutable de que somos distintos.

Si los hombres iban a la guerra en razón de su mayor fortaleza, las mujeres cuidaban la hacienda, debido a su honradez. Las grandes decisiones, como ir a la guerra, las tomaba el Consejo de Ancianos, donde las mujeres tenían un papel destacado.

Por ello que Micaela Bastidas formó parte del llamado Consejo de los Cinco, y fue ella quien determinó la hora de la batalla.

Cuando una mujer está dispuesta a enviar a sus hijos a la muerte, no es posible sostener la paz.

 

Los derechos de sucesión

Tras la muerte de Atau Wallpa en Cajamarca, el trono cuzqueño pasó a manos de Manko Inga, hijo de Wayna Qhapaq, al igual que Waskar Inga y otros pretendientes a la sucesión.

Manko Inga comandó la mayor rebelión en tiempos de Francisco Pizarro, la misma que terminó con la cuarta parte de los invasores. Más tarde se refugió en Bilcabamba, donde fue asesinado por una partida de mercenarios españoles que trabajaban a su servicio.

Con la llegada de Francisco de Toledo, Thupa Amaru, hijo de Manko Inga, era reconocido tanto por los aborígenes como por los españoles como heredero legítimo de sus antepasados.

Ejecutado con cargos irrisorios y sin pruebas que los sustentaran, Thupa Amaru dejó una hija, Pilko Wako, y dos hijos que murieron desterrados en España.

Pues bien, Pilko Wako era bisabuela de José Gabriel Thupa Amaru, y toda su genealogía estaba sustentada por la sucesión de partidas de matrimonio y bautizmo, que fueron presentadas en la Real Audiencia de Lima. Ante tales evidencias, el fiscal de la corte emitió una resolución reconociendo los derechos legítimos de José Gabriel.

Pero los jueces siempre postergaron el fallo definitivo.

No es extraño por ello, que el Visitador General y Superintendente de la Real Hacienda, Antonio de Areche, se ordenara quemar los documentos de la descendencia del rebelde.

Carlos Tataje
Redacción

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